Había una vez también, una hermosa niña que se enamoró perdidamente del angel y quién pensó que cuando fuese grande entonaria los a su belleza y a su bondad. Con el tiempo la niña comenzó a aprender a escribir poemas, y aunque no contenían muchas letras, había mucho de sí misma y su admiración en ellos. Los poemas los guardaba en un diario secreto que ella tenía en un cajón de su alcoba, y que cuidaba con llave.
Un día Dios le pidió al angel que cuidase de la niña y el ángel aceptó obedientemente la tarea que le había asignado su creador, por lo que comenzó a visitarla en sus sueños todas las noches, después de que ella había realizado sus oraciones. La niña, por supuesto, comenzó a notar la diferencia cuando despertaba, ya que se encontraba de mejor humor y con la sensación de que alguien velaba por ella. Y así pasaron muchos días, semanas y años hasta que por fin se volvió una jovencita, quién había escrito muchos poemas sobre este y sobre el asombro que le produjo que le cuidase el objeto de su admiración. Hasta que un día notó que se había enamorado del ángel y no supo que hacer. Primero se preguntó porqué le ocurría esto, y segundo comenzó a reprocharse sus sentimientos, hasta que finalmente decidió que no se lo contaría a nadie. Pero el angel que la visitaba en sus sueños, pudo sentir que había algo diferente; en efecto ella se había enamorado, pero el todavía no lo sabía.
Un día los demás ángeles que si se habían enterado del muy profundo enamoramiento de la jovencita, comenzaron a cuchichear sobre esto y a reírse amigablemente de este mientras se paseaba por el cielo cantando, hasta que un día el ángel se hartó. Sin embargo, el secreto fue revelado y el ángel comprendió que había que hacer algo, por lo que le pidió a Dios que lo convirtiera en un humano, y así lo hizo. Un día antes de ir a la escuela, se encontró la jovencita con él, vestido con ropa sencilla, y se veía apuesto y feliz. Los dos se casaron, y tanto ella como el se cuidaron.